Plaza CASTELAO
Avasallado por la rutina en mi cama, temprano, en un suburbio bonaerense, sumado a una sucesión indivisa de acontecimientos llegué a la tienda donde trabajo.El escaparate dejaba ver la placita, la mañana y su gente.En versión porteña. “El gran Teatro del Mundo” de Calderón, se llevaba a cabo. Su auto sacramental era llevado a escena en el cono sur. Cientos de extras hacían las veces de empleados, obreros y señoritas animosas.Apareció el que a mi parecer era el protagonista. Tendría once o diez años.
Pantalones azules que se agrandaban de puro guapos. Un cinto con dos vueltas alrededor de su cuerpo. Un jersey que era sabana y frazada en sus noches. Sostenía una bolsita del súper. Se acercó al bebedero. Sacando de ella una vieja toalla lavó su carita, para despertar a una realidad no deseada. Se sumergió en su mundo. Giraba sobre sí mismo, agitaba su toalla, su bandera. Hablaba a las palomas. Cuidaban de él. Eran su propiedad. Sentía importancia pues atendían sus fantasías, nacidas en anuncios de cines que desconocía. Trepó el tobogán. Estaba mas cerca de sus amigas. Se deslizó. Primero su bolsita, pues también tenia derecho. Varias veces, y se cansó.
Fue a un asiento, ese que ocupa el jubilado de costumbre, escuchando el verso del funcionario en descanso a la asistenta fugaz. Como emperador de la vida hizo surgir del fondo de su bolsa una manzana mordida, que sucumbió en su boquita. Pese a su hambre, un trozo lo ofrendó a sus amigas, que lo seguían. Agradecido reía.
Apareció otro colega en los columpios. Fue. Dejó la bolsa en uno, y en otro se balanceo de pie. En ese instante, su compañero de pantalón corto vio el peligro y huyó. No hay otra palabra. Quedó solo.
Pensé llamarlo. Temí ser victima de un tremendo brote de ridículo, enfermedad de la que muchos no estamos vacunados. Desistí, pues mis preguntas parecerían del fiscal de turno: nombres, padres, colegio. Le haría recordar ¿para qué?
Él también vio el peligro acercándose uniformado de ultima guardia. No era por él. Pero no lo sabia. Saltó, tomó su bolsa y fue a conquistar otros reinos. Dejo este, a quien lo quisiera.La plaza quedó sin héroe. El busto de bronce de Castelao, giró, pidió lápiz y papel. Quería dibujar lo visto y me pidió lo escribiese. Algún día quizás publiquemos juntos, me dije.
Hace mas de cuatro decadas que naci muy lejos de donde escribo estas lineas. El tiempo transcurrido y la distancia me hizo sentir la necesidad de comunicar cosas. Nuevas, viejas, malas o buenas. No lo sé. El que se atreva a leerme podrá decidir y obrar: desplazar la barra para seguir leyendo o presionar el reset button.
No digan que no los previne. Suerte......ah...y gracias. Son mis palabras y mis fotos simplemente.